Servir a la patria y a mis intereses

OPINIÓN Por Beatriz SARLO*
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Al país lo manejan baratos y baratas, que usan aviones oficiales para ahorrarse el costo del transporte de muebles de una de sus residencias a otra. Parece algo inventado por Tato Bores, cuando les tomaba el pelo a los protagonistas de la semana. Todos quedamos confundidos. Es posible realizar grandes estafas, como son posibles los actos desmesurados y sublimes de maldad. Pero ¿ahorrarse un flete? ¿A qué mente puede ocurrírsele?  

Las grandes estafas requieren grandes protagonistas. Cargar un avión presidencial con sillas y mesitas del living es, en cambio, propio de gente poderosa y miserable. No voy a gastar plata porque estoy haciendo mucho por este país, justifica un característico acto de mala fe. El discurso de un amarrete, que cuenta los vueltos que le dan en la verdulería después de gastar 50 pesos. Da repugnancia no la dimensión del delito, sino precisamente su pequeñez, aunque sea, por cierto, drásticamente punible.

 

Imposible hablar en serio de esos trapicheos. Son maniobras de carterista, no de gran estafador. Las grandes estafas de la Vice ya las está considerando la justicia, pero la pequeñez degrada las maniobras de una amarreta que se atribuye, como si fuera verdaderamente grande, la impunidad de los reyes, quienes, hace siglos se identificaron con la frase “el Estado soy yo”.

Cristina se creyó el Estado, no para ser grandiosa como los monarcas absolutos, aunque eso le habría gustado, sino para ahorrarse unos pesitos. ¿Qué habría hecho alguien que no se creyera tan grandioso? ¿Prescindir por unos años de sus mueblecitos o costear el envío? Y no solo por razones éticas, sino para conservar un traje sin manchas de grasa. Todo es tan asombroso que se vuelve casi increíble. Que se sustrajeran millones del E stado aprovechando contratos y licitaciones suena a la altura de los delitos presidenciales. Ahorrarse un camión de mudanzas parece una maniobra de tercera línea. Sobre todo, si quien la realiza es multimillonaria.

No importa cuánto se crea que se ha hecho por la patria. Se ha perdido no solo la moral, sino el estilo. La moral casi no toca a los mueblecitos transportados gratis por Cristina. El estilo es lo que la define con gestos ampulosos, mientras cuenta las moneditas. Cree que su grandeza la rescata de esos trapicheos.

Los poderes. Argentina tiene tres poderes, aparte del Ejecutivo, Legislativo y Judicial definidos por la Constitución.

El Poder Ejecutivo es tripartito. Cristina lo ocupa por su carisma; Massa, por su promesa de eficiencia; Alberto Fernández, por haber sido elegido cabeza de fórmula en las últimas elecciones. Los tres tienen ambiciones presidenciales. Cristina piensa que la solución nacional es su regreso a la Casa de Gobierno. Massa calcula que el sillón no podrá escapársele nuevamente. Alberto, para no ser menos, insiste con el sueño de ser reelecto y, en ese caso, convertirse en presidente de verdad.

En la otra vereda, Horacio Rodríguez Larreta, Facundo Manes, María Eugenia Vidal, Patricia Bullrich y quizá Carrió, pese a sus desmentidos, no renunciarán fácilmente a un lugar que creen accesible y digno de sus respectivos méritos. Macri, por su lado, no ha dicho adiós al Salón Blanco. Esta abundancia de pretendientes evoca momentos caóticos de una república sin partidos o con viejos partidos fracturados.

Apariencia reveladora. Lejos de donde compiten los candidatos, pocos escuchan el disco político. En el subte que comunica dos zonas bastante prósperas de Buenos Aires, jamás veo un diario y nadie relojea el mío en un trayecto de veinte minutos. El feed de los celulares de esos compañeros de viaje corre a tal velocidad que yo, una lectora rápida, no alcanzo a leer más de cuarenta caracteres. Como se dijo alguna vez: la apariencia de estos comportamientos no oculta su significado, sino que lo revela.

La despolitización es un estado adormilado y persistente que debilita silenciosamente y vuelve deseables y verosímiles las alternativas de la derecha. No de la derecha que responde a normas, como la de Macron o Merkel, sino la que provoca con una crítica sin alternativas, como la de Giorgia Meloni, reciente vencedora en Italia y jefa de un empoderamiento femenino que no responde a los deseos de quienes lo reclaman como afirmación de igualdad.

Aunque hoy parezca novedoso, la historia atravesó coyunturas que compartieron estos rasgos de nuestro presente. Con permiso de los lectores, citaré un texto clásico de Marx sobre Napoleón III: “Era un lumpen príncipe que aventajaba a los políticos burgueses porque podía librar su lucha con palabras rastreras”. ¿Quiénes lo escuchaban? Los retazos desalojados de la política, los desilusionados por promesas incumplidas, traicionados por jefes tradicionales y desesperados por la pobreza.

Tales paisajes no son apropiados para que florezca el optimismo. Wado de Pedro insistió, está semana, en la necesidad de un diálogo sin programa. Si ese diálogo no puede transcurrir en el Congreso, que sería un escenario adecuado, ¿dónde entonces? ¿O esperamos que, como en el 2001, sea la Iglesia la que arrime las primeras sillas?

El lunes pasado se anunció un acampe en la 9 de Julio. La consigna de la Unidad Piquetera fue “No va más”. Repite así las palabras de quienes marchan. Cada vez que pregunto a esas mujeres (que son mayoría), responden: “Esto no da para más”.

La respuesta se adecua al vacío de soluciones de quienes no están en condiciones de diseñar otras. Solo repiten una experiencia y un sentimiento. También el giro europeo hacía la derecha radicalizada resulta de un hastío de la experiencia.

Los copitos se equivocaron en todo. Pero pese a la gravedad de sus errores, de algún modo sintonizaron que su explosión de violencia podía ordenar el desorden. Se equivocaron en ese juicio de fúnebre confianza, se equivocaron en la elección de la víctima. Pero su acto demencial fue una traducción de la experiencia, cuando se cree que toda otra iniciativa es inútil.

El 25 de septiembre se cumplieron 49 años del asesinato de Rucci, el dirigente sindical más fiel a Perón. Ese día nació otro país, donde ningún jefe puede estar seguro. La violencia guerrillera que dio muerte a Rucci no fue más racional que la de los Copitos que, afortunadamente, demostraron una torpeza que los guerrilleros de aquel entonces no tuvieron. Aquel día se reveló otro país, donde nadie podía estar seguro.

Y hoy cómo andamos. El Poder Ejecutivo es la prueba difícil y aventurera de tres poderes bien diferentes.

El equilibrado tripartito propuesto por la Constitución fijó un horizonte muchas veces utópico, muchas veces herido, muchas veces burlado por alianzas o enemistades.

Insisto con la idea de que nuestro Ejecutivo a la criolla es ahora tripartito por razones que no previeron los constituyentes de 1853: Cristina gobierna por su carisma y la alianza con caudillos federales que se parecen poco a sus patrióticos discursos. Massa promete eficiencia desde un ministerio que fusiona Economía e Interior. Alberto Fernández es presidente porque, con el aval de Cristina, encabezó la fórmula en las elecciones.

Hoy, Massa calcula que la próxima vez nadie podrá ocupar el sillón que hace tiempo busca. En sueños, Cristina se acomoda allí de nuevo. Alberto, para no ser menos, tiene la esperanza de ser reelecto y, entonces sí, convertirse en presidente de verdad y abandonar el incómodo papel de pupilo presidencial.

Tal florecimiento de pretendientas y pretendientes marca el principio de igualdad, tan buscado en otros países mediante leyes y reformas. Los argentinos nos anticipamos al mundo, porque abundan mujeres en la línea de largada. Sin embargo, tal abundancia es confusa en un país donde se discute si habrá o no habrá PASO y los portaviones que transportan a los candidatos carecen de una estructura política sólida.

¡Ah! Me olvidaba de Macri, que todavía no cantó adiós muchachos. Su nuevo hijo podrá verlo presidente y también su nieto, que, por una casualidad de la fecha de nacimiento, dentro de diez años podrán jugar al futbol en la misma división.

Qué país más lindo, fecundo y optimista es el nuestro. Hasta los padres, antes representantes de una autoridad severa, hoy ocupan los colegios junto a sus hijos adolescentes. Hay que entenderlos: no solo los acompañan, sino que están viviendo una segunda juventud.

**Para PERFIL

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