Córdoba: La provincia rica por la soja, los autos y el turismo donde los chicos viven sobre pisos de barro

LA OTRA MIRADA Por Micaela URDINEZ*
48790w780q100

Hasta hace unos meses Rubí Aguirre tenía broncoespasmos casi crónicos. Con solo 8 años, en el ranchito de nylon, chapa y madera en el que vivía el piso era de tierra y la humedad se le metía hasta los huesos. Sus días en el Asentamiento Los 40 de Argüello, justo al lado de un basural, son muy duros. A solo un kilómetro, otros niños viven en barrios cerrados en casas con todas las comodidades. Córdoba no escapa al impacto de la pandemia ni a la realidad de la mayoría de las provincias de la región centro del país: la desigualdad en la niñez es palpable. En este territorio pujante en el sector alimenticio, la industria automotriz y el turismo, todavía hay infancias atravesadas por la indigencia. Con una tasa de actividad del 47,6% y un Producto Geográfico Bruto de los más altos, las brechas son muy profundas. Hambre de Futuro recorrió algunas de las zonas más vulnerables de la provincia y comprobó que los contrastes son enormes. Allí, en las zanjas de la marginalidad, es donde quedan enterrados los sueños de todos estos niños y adolescentes con menos oportunidades. Son chicos que están en emergencia habitacional, que viven hacinados y que, en algunos casos, no tienen baño. Desde el Ministerio de Hábitat y Economía Familiar de Córdoba son conscientes de estas urgencias. “Si pusimos en marcha 100 urbanizaciones es porque reconocemos que hay una dificultad en poblaciones que viven sin los servicios necesarios, con muchas carencias y estamos trabajando en eso. Seguramente falta mucho todavía pero se está haciendo muchísimo por la integración socio urbana”, señala Laura Jure, su titular. En la ciudad de Córdoba, las obras de urbanización e infraestructura social que están en marcha intervienen 486 hectáreas con una inversión de 13.500 millones de pesos. Actualmente, hay 13 barrios ya transformados y 39 obras en ejecución. En el interior ya se terminaron las obras en dos barrios y hay más de 50 obras en ejecución. “Vemos que es muy necesario nuestro abordaje porque es gente que primero no eligió vivir así, sin agua, sin luz, en donde no entra la ambulancia o el patrullero. Y porque también, de alguna manera, no están integrados al resto de la ciudad. Y en segundo lugar, porque no pueden solos”, agrega Jure.

Vivir con broncoespasmos
La casa de Rubí se llovía, entraba frío y ella se enfermaba todo el tiempo. Sus hermanos Norma (5) y Enzo (1), también. “El lugar era mínimo. Íbamos tapando con trapos y construyendo de a poquito”, recuerda Noelia Aguirre, su mamá. Todos los miembros de la familia se amontonaban en un solo ambiente que también funcionaba como cocina. La salvación llegó en abril pasado de la mano de Techo Argentina, que les construyó una casa en la que ahora están más cómodos y más protegidos. Según el Relevamiento Nacional de Barrios Populares hay 281 asentamientos en la provincia, la mitad situados en la ciudad de Córdoba. “Hacés media hora y ya tenés un asentamiento. Eso tiene que ver con el mal planeamiento urbano y la mala distribución de las riquezas que hacen que los barrios populares sigan creciendo. El acceso a servicios es muy precario. Entonces arranca la lucha de reclamarlos y pedirlos desde un lugar de derechos”, dice Guido Barbizán, director de Techo Córdoba. Para Barbizán los niños que viven en asentamientos están expuestos a muchísimos riesgos, en especial el hambre y las enfermedades. “Con nuestras viviendas intentamos alejarlos del frío, de la humedad, de las lluvias y de las inundaciones. Los barrios populares se van asentando en los márgenes donde nadie llega y donde más problemáticas hay. Siempre al borde de un basural, de un arroyo, de las vías del tren y en lugares que no son habitables en un 100%”, explica Barbizán. Jure suma otras limitaciones a la hora de vivir en un asentamiento, como la falta de seguridad por no tener red eléctrica ni iluminación, los riesgos a la salud al no tener agua potable o la imposibilidad de salir a trabajar o llevar a los chicos a la escuela cuando se inundan por las fuertes lluvias. “En estos casos hacemos la apertura de calle necesaria para que les puedan llegar los servicios de manera regular y que pueda entrar la ambulancia y la policía”, explica la funcionaria. Rubí todavía no tiene el baño terminado. Justamente para estos casos, desde la provincia lanzaron el programa Más Vida Digna, a través del cual van a otorgar 50.000 créditos para que familias que están en situación de déficit habitacional puedan comprar materiales de construcción o contratar mano de obra para construir o finalizar un baño o dormitorio.

El Merendero “Las Manos de mi Barrilito” funciona en el barrio Los 40 de Argüello. Dayana Vázquez es la referente de este espacio que da de comer a casi 400 personas entre niños, ancianos, personas con discapacidad y adultos. Antes de la pandemia, solo asistían a 60. “Tenemos viviendas muy precarias de chapas, nylon, madera y piso de tierra. Se inunda mucho la calle cuando llueve. Te entra un metro y medio de agua adentro de tu casa. Acá no hay servicios ni recolección de basura. Agua tenemos de bandera y nos colgamos de la luz”, se queja Vázquez. Natalia Estévez es la presidenta de la Fundación Córdoba en Acción que nació por la urgencia de ver a tanta gente en situación de calle en la ciudad de Córdoba producto de la pandemia y que con el tiempo fueron expandiendo la ayuda a los parajes del norte del país. “Nuestra idea siempre fue llegar a donde no llega nadie. En las zonas rurales hay muchos casos de chicos con discapacidad y nuestra idea como fundación es tratar de traer profesionales para cubrir estas necesidades. También hay muchas casas que no son propias y las familias tienen inestabilidad en la vivienda. Otras son de nylon y necesitan chapas para que no se les llueva todo”, dice.
 El norte y el oeste, lo más pobre
En los asentamientos de la ciudad, en una zona urbano marginal como Chacras de la Merced o en las áreas rurales como las Salinas Grandes en Lucio V. Mansilla, las diferencias se pueden palpar en el acceso a cualquiera de los derechos básicos. Los departamentos del norte y el oeste de la provincia son en donde las infancias están más en riesgo. Allí, los niveles de pobreza infantil son los más graves, como así también el acceso a los derechos más básicos. Según un relevamiento de Unicef realizado en base a cifras oficiales, el 79% de los niños que viven en los departamentos de Minas y Pocho no tienen acceso a una computadora, más del 30% lo hace en hogares con necesidades básicas insatisfechas y casi el 20% no posee baño o está ubicado fuera de la vivienda. En la ciudad de Córdoba estos índices mejoran notablemente: el 44,3% no tiene acceso a una computadora, el 14% reside en hogares con necesidades básicas insatisfechas y solo el 1,8% no posee baño o está ubicado fuera de la vivienda. “La zona norte y oeste están mucho más postergadas que la zona central que tiene un sector mucho más pujante y que le permite generar más oportunidades. Ahí hemos llegado con un programa de erradicación de viviendas ranchos. Junto con los municipios, se hicieron 2413 viviendas nuevas para reemplazar las existentes”, agrega Jure. Lucio V. Mansilla es un pueblo “fantasma” ubicado sobre las Salinas Grandes en donde los adolescentes se enfrentan a la falta de trabajo y a la escasez de agua. Ésta viene por cañerías desde Quilino, una localidad a 50 kilómetros y se habilita por un par de horas para que las familias la junten en tachos o piletas. “Hicimos análisis del agua y ahí descubrimos que contenía coles y no es apta para el consumo en la parte biológica. En verano la falta de agua es grave”, cuenta Enzo del Valle Rojo, el director del IPET 308 de Lucio V. Mansilla, una secundaria técnica que tiene orientación en electricidad. Desde el Ministerio de Servicios Públicos de la provincia explican que se habían comenzado a realizar algunos trabajos en la zona para llevar una solución al problema del agua, pero que luego se tuvo que hacer un rediseño de la obra para llegar a una mayor población. En la actualidad, afirman que se está desarrollando un proyecto superador que ya fue presentado para que pueda concretarse a través del Programa Federal de Saneamiento. Esta zona es un desierto de sal en donde además, no hay de qué vivir. “Hay una gran deserción escolar porque los chicos se van en busca de trabajo. Falta acompañamiento a los jóvenes de estos pueblos. De ser así, estos chicos tendrían otras oportunidades. Hay chicos muy inteligentes que terminan desperdiciando su vida yendo a la salina o siendo hacheros. Estamos colmados de enfermeras y policías porque es lo que se puede estudiar acá cerca”, señala Luis Nieto, presidente de la Asociación Civil Compromiso Ciudadano y Derechos Humanos que brinda asistencia a los niños y familias del lugar.

Derechos atropellados
A nivel país, Córdoba supera la media nacional en su índice de pobreza monetaria infantil (59,2%), en la privación al derecho a la educación de los niños (14,5%) y en la falta de tenencia de baño (15,7%). “Acá siempre estuvieron totalmente atropellados los derechos humanos. Hay mucha ausencia del Estado y una desigualdad”, dice Alida Weht, co-fundadora de la ONG Las Omas que intenta dar respuesta a las situaciones de vulneración social de las mujeres de la zona de Chacras de la Merced, ubicada al este de la ciudad de Córdoba, pero dentro del departamento capital. Joselin Zamudio se mueve en silla de ruedas. Vive en una zona inundable en Chacras de la Merced. Tiene 9 años, un moño verde que le ata el pelo y una campera floreada. Lo que más le gusta es la música, los juguetes con ruiditos y las canciones de la granja. No habla, pero se hace entender con gestos y sonidos. Tiene parálisis cerebral, le detectaron síndrome de Angelman y de Prader Willis cuando era un bebé y eso le trae muchas complicaciones: además del retraso en el desarrollo, es electrodependiente y suele tener crisis de convulsiones.

“Lo que más estamos necesitando es una casa, porque dormimos todas juntas en una piecita con mi mamá, Joselin y mi hermana. No tenemos cocina. Corremos muchos riesgos acá. Cuando se inunda se llena de bichos. Si a mi hija le agarra una crisis, yo llamo al patrullero o a la ambulancia y quizás tardan una hora. Una vez estuve dos horas esperándolos y mi hija quedó en coma”, dice Mariel Zamudio, su mamá que está esperando gemelos y está buscando trabajo para poder mantenerlos. Para ella, que se quedó sola con Joselin cuando tenía 15 años, su hija es la única que la saca adelante y no la deja caer. “Ella es una princesa, es lo mejor que me pasó en la vida mi hija. No sé cómo explicar el amor que yo siento por ella”, dice entre lágrimas. Cuando Weht se mudó hace 13 años a Chacras de la Merced se sorprendió con las urgencias que atravesaban las familias, tan cerca de una macro ciudad como Córdoba: que los chicos no pudieran ir a la escuela, la falta de futuro, la violencia, la delincuencia, el abandono. “Entraban 70 alumnos en primer año y se recibían 7 u 8. ¿Qué pasa con ese 90% que se quedó en el camino por no tener zapatillas o transporte? Y lo cierto es que no saltan los fusibles que deberían saltar. Hay mucha changa, mucho trabajo informal, mucho abuso y explotación, problemas con las drogas y robos. Encuentran en ese lugar las alternativas que no encuentran en las respuestas que tenemos que dar como sociedad”, reflexiona. Franco Zárate tiene 13 años y vive en la zona del Camino de la Semillería, del otro lado del río, por la que no pasa ninguna línea de transporte urbano. La única forma que tiene de llegar a la escuela es en remis, algo imposible de sostener con el escaso ingreso familiar. “Me tomo el 68 hasta el puente y tardo dos o tres horas en llegar. Es lejísimos. Si tuviéramos una pasarela me quedaría más cómodo para cruzar directo al otro lado. Sino tengo que pegar toda una vuelta enorme. Me paso todo el día en viaje”, se queja este adolescente que recién arrancó la secundaria, es amante de los animales y cuando sea grande quiere ser carpintero. “Los chicos no tienen garantizado su derecho a la educación. Acá deja de funcionar el colectivo cuando llueve y se estropea el camino. Y si el colectivo llega lleno, no te levanta. Si te venís caminando es un peligro porque te puede pasar cualquier cosa. Es muy frágil la vida acá”, se queja Weht. Ella hace malabares para llegar a todos los chicos que pasan hambre, frío, tienen problemas de salud o están expuestos a la contaminación. “Cuando nacés en situaciones de suma adversidad, es muy difícil remontar ese barrilete con las pocas herramientas que tenés. Ahí tu realidad determina tu futuro, no es que solo lo condiciona”, concluye Weht.

*Para La Nación

Te puede interesar