El día en que murió la última esperanza

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“¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo, nos hemos despedido?”, escribió Jorge Luis Borges. En su poema Límites, publicado en 1960, el genial escritor condensó, en dos versos, una sentencia inapelable: es muy difícil saber de antemano cuándo será “la última vez”, cuándo se pisa el primer paso que conducirá al final de un camino. Sin embargo, el destino muchas veces brinda señales que ayudan a entrever un “no va más”, aun a contramano del calendario. A veces es la contundencia de los hechos o una sucesión de infortunios las que preanuncian un fracaso o un desenlace trágico. En otras ocasiones, interviene el olfato y la experiencia para percibir que nada puede salir bien cuando se toman ciertas decisiones.

“En la conciencia de millones de hombres y mujeres la noticia tardará en volverse tolerable. Más allá del fragor de la lucha política que lo envolvió, la Argentina llora a un Líder excepcional”, escribió Rodolfo Walsh en la tapa de Noticias del 2 de julio de 1974. La unanimidad no existe. Menos en Argentina, tierra de las viejas antinomias y de su derivada, la grieta. Esa conciencia se percibe en la primera frase del periodista ícono. Prudente, evita totalizar la congoja a pesar de la multitudinaria despedida popular.

El 25 de noviembre de 2020, hace dos años este viernes, el sentido de aquella cita y un sentimiento similar atravesaron, como un rayo, a gran parte de la sociedad argentina. Detrás de las pasiones encontradas y por encima del subsuelo de la patria dolorida, en aquellas horas se precipitó una cadena de sucesos que sintetizó un día único, una bisagra que le marcaría la cancha al futuro.

El gobierno que había llegado para encender la economía y se topó con la pandemia venía surfeando una parada brava a la que políticamente, de a poco, le fue sacando el cuerpo. El presidente Alberto Fernández había pasado de los mensajes con aires de estadista que anunciaban el aislamiento social preventivo junto a su compañero Axel Kicillof y su adversario y “amigo Horacio” Rodríguez Larreta a unos videos que renovaban los plazos de la cuarentena a los que nadie les ponía la cara. Justo en aquel noviembre, el Ejecutivo finalmente había dispuesto que el AMBA relajara sus restricciones y pasara al distanciamiento social. “Pero el amor es más fuerte”, dice la canción y la marea se volvió incontenible para despedir al ídolo. 

La Casa Rosada había decidido colocarse solita en el ojo de un huracán. Con las facultades delegadas en la familia Maradona, el velorio masivo de aquel jueves 26 de noviembre se empañó por la desorganización, la represión de la policía porteña y el cruce de acusaciones entre el Gobierno y la Ciudad. La grieta manchó la pelota y el resultado manifiesto fue una Casa Tomada en una despedida imposible.

Por encima de todas esas evidencias que frustraron el último adiós de miles de argentinos y argentinas al ídolo, aquella jornada dejó un pagaré ilevantable. Aquel día, murió la última esperanza que (una parte mayoritaria de) la sociedad había depositado en el gobierno del Frente de Todos.

La mano ya venía empiojada por el blooper de la fallida expropiación de Vicentin. La calle se había empezado a poner espesa después del primer banderazo opositor del 9 de julio, que mezcló el rechazo contra la intervención estatal a la cerealera fugadora y una defensa de la libertad de expresión en la que anidaba el huevo de una bandada de halcones que empezaba a tomar vuelo.

Un mes exacto antes de aquel día clave, en octubre, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner había plasmado la frase que implosionó en la coalición oficialista y se transformó en un mantra que atormentaría durante meses a la Casa Rosada: “Hay funcionarios que no funcionan”.

Después, siguieron los éxitos. Entre ellos, el escándalo del vacunatorio VIP en febrero de 2021 y la difusión, en agosto, de la foto del cumpleaños de Fabiola Yáñez en Olivos en plena cuarentena, con el Presidente como manso comensal. 

En septiembre, las urnas castigaron en todo el país al oficialismo y CFK rubricó, con su látigo epistolar, una carta-bomba que detonó el gabinete presidencial y, para muchos, hirió de manera irremediable al Gobierno. Opiniones.

Para quien escribe estas líneas, fue aquel 26 de noviembre el día en que murió la última esperanza en el experimento del Frente de Todos. Los aciertos y desaciertos que se agolparán en el balance final de esta gestión apenas serán una descripción burocrática, de esas a las que a veces se entrega el periodismo. 

Al final de aquel día tristísimo, mientras un mar de corazones partidos invadía la autopista y un cortejo improvisado de motoqueros buscaba estirar la despedida rumbo al cementerio de Bella Vista, el jarrón ya estaba roto.

Un gobierno peronista no supo qué hacer con el dolor de un pueblo (de una parte del pueblo, es verdad) por la muerte de un argentino al que amó hasta taparse los ojos y los oídos para no dejar de venerarlo.

Después… qué importa del después, diría Homero Expósito.

Fuente: letrap.com.ar

 

 

 

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