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La medida en la que Javier Milei fue más gradualista que Mauricio Macri

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Cuando el expresidente Mauricio Macri reconoció que en un supuesto nuevo gobierno haría lo mismo que hizo, pero más rápido, puso en palabras un debate que se había planteado durante su gestión: gradualismo o shock. Esa discusión estuvo presente durante los cuatro años de su gestión y fue sumando adeptos y detractores.

La irrupción de Javier Milei volvió a poner en escena la forma de encarar la solución para los problemas argentinos. La idea del gradualismo es, como se entiende de su definición, llevar adelante cambios de forma progresiva, mientras que el shock supone  que las transformaciones se deben hacer de forma rápida y profunda.

El actual presidente encarnó durante la campaña la imagen de ser partidario de esta segunda opción. Sus propuestas y la forma de presentarlas iban en esa dirección. La idea de la motosierra es la mejor síntesis de esa visión. Sin embargo, en la práctica, algunas medidas indican que se toma un camino distinto.

Esta semana, por ejemplo, se conoció el decreto que introdujo cambios en el régimen de Impuestos Internos para los autos. La medida venía siendo esperada por el sector desde comienzo de mes porque era clave para definir las listas de precios de los 0km. Durante todo enero, hasta el viernes, las fábricas no habían establecido valores oficiales y el mercado trabajaba con cotizaciones “tentativas”.

Esta situación, sumada a la suba de los precios de diciembre por la devaluación provocó una fuerte caída de las ventas. La decisión que debía tomar Milei fue la misma que enfrentó Macri al inicio de su gestión sobre qué hacer con lo que se conoce como impuesto al “lujo”.

Este es un recargo fiscal que estableció hace muchos años para gravar algunos bienes suntuarios. Ese fue el origen. Durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner empezó a estar en discusión, por se decidió modificar el sistema para aumentar la presión fiscal de los 0km, especialmente los importados.

La idea en ese momento, ante el comienzo de una crisis por la falta de divisas, fue desalentar la salida de dólares encareciendo la importación de vehículos. Estaba pensado para los vehículos de alta gama. Después, cuando el problema macroeconómico se profundizó, esa presión fiscal fue en aumento hasta llegar a que la mayoría de los modelos, incluso del segmento mediano o chico, fueron quedando alcanzados.

Técnicamente existían dos escalas tributarias. Hasta determinado monto, ningún auto pagaba. A partir de un valor, debían tributar una alícuota impositiva y, a partir de un valor más alto, el impuesto era mayor.

Con la inflación que se disparó tras la devaluación que dispuso el entonces ministro de Economía, Axel Kicillof, en enero del 2014, los precios de los 0km aumentaron fuerte. No así las bases impositivas sobre las que se pagaba este impuesto para los autos, que se ajustaban según la discrecionalidad del Gobierno. Eso hizo que la presión fiscal se generalizara para la oferta de vehículos.

A los pocos días de asumir Macri, se decidió modificar ese esquema. Directamente eliminó la primera escala impositiva y a la segunda le redujo el porcentaje de la alícuota que se debía pagar.

Fue una medida que, a fines prácticos, significó la desaparición de ese tributo para el sector. Sólo modelos de muy alto precio quedaron alcanzados. Además, se estableció un ajuste trimestral de la base imponible según la inflación acumulada del trimestre para que no quedara desactualizado el nivel de precio a partir del cual se tenía que pagar. Fue un cambio profundo y, si se quiere, de shock.

Con la llegada de Alberto Fernández se dio marcha atrás y se volvió a un esquema similar al que había dejado el kirchnerismo en la gestión anterior. Con la inflación del 2023, la escena se repitió: por la suba de los precios y una actualización de la base imponible que corría de atrás, el impuesto al “lujo” fue alcanzando hasta los modelos más económicos.

Como el recargo impositivo es fuerte, lo que provocó fue un encarecimiento muy grande de los vehículos afectados. Al ganar Milei, la expectativa en el sector automotor era alta respecto a una corrección de esta medida. Con su discurso de quitar el peso del Estado de las empresas, de reducir la presión fiscal y otras banderas del liberalismo, se pensaba que el presidente iba a ir en esa línea sobre este tema.

Más teniendo en cuenta que el impuesto al “lujo” no tiene un efecto importante en cuanto a lo recaudatorio, ya que los modelos que quedan alcanzados quedan descolocados del mercado por el aumento de precio que provoca que se deje de vender. Por este motivo, la recaudación se resiente porque caen las ventas.

Desde que asumió el actual presidente, se conoció que se produciría un cambio en el esquema de este impuesto que fue lo que se conoció esta semana. El problema es que, a diferencia de lo que hizo Macri, no se eliminó ninguna escala, sino que se hizo un aumento de la base imponible actual, para aliviar la presión impositiva en estos meses del alta inflación. Concretamente, se adelantó para enero el ajuste que se tenía que hacer en marzo.

De esta manera, a partir de esa medida, muchos modelos que venían pagando el impuesto dejarán de hacerlo momentáneamente. El próximo ajuste se hará en mayo. El escenario con el que trabaja el Gobierno Nacional es que la inflación bajará y no se volvería a repetir la situación actual, pero en la práctica no hubo un cambio de shock, como de alguna manera hizo Macri, sino que se apeló al gradualismo.

En el sector, la medida fue considerada un “parche” ya que no soluciona el problema de fondo. Sólo lo posterga para más adelante. En las automotrices sabían que no iba a tomarse una decisión de fondo. Tenían la información de lo que pensaban a hacer los funcionarios por lo que el anuncio no sorprendió.

Entienden –aunque no comparten– que el Gobierno nacional está en medio de una crisis muy grande, con un fuerte desequilibrio fiscal y que el margen para hacer soluciones de fondo no es mucho en este tema. Consideran que debería quitarse este impuesto y volver al esquema anterior a la gestión de CFK, cuando el sector no estaba alcanzado por este tributo.

De todas formas, hay cierta desilusión  ya que el presidente llegaba con una impronta de cambios que se esperaba pudiera alcanzar a la política impositiva del sector. Los autos en la Argentina tienen una presión fiscal que ronda el 54% del valor de un auto. Es decir, de lo que paga un comprador por un 0km, la mitad se lo quedan los privados y la otra mitad va para el Estado, que vendría a ser un socio en parte iguales sin arriesgar capital, sin trabajar y sólo para las ganancias. No para las pérdidas.

Pero ese porcentaje es la base de carga fiscal. Para los autos que pagan Impuestos Internos, la presión es mayor y supera el 60%. Por el momento, el Gobierno decidió en este tema apostar al gradualismo y no al shock y dejar para más adelante la decisión de rebajar la presión fiscal en el sector automotor.

Con informacion de MSZOL.com

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