Rosh Hashaná, una invitación a reflexionar

SOCIEDAD Por Claudio Epelman*
shofar-rosh-hashana-20190928-785722

Hoy por la noche, con la salida de la primera estrella, las comunidades judías celebraremos el comienzo de un nuevo año en Rosh Hashaná. Como buena celebración, no faltarán las comidas y los brindis en familia para dar la bienvenida al 5783. Sin embargo, el verdadero significado de esta festividad va mucho más allá de un cambio de calendario.

La tradición judía nos enseña que Rosh Hashaná tiene tres pilares fundamentales. La tefilá, o plegaria, es el primero de ellos, y se limita al aspecto religioso propio de esta fecha. El segundo es la teshuvá, o arrepentimiento, una oportunidad de rever nuestras acciones que supera la mera introspección, y pone el foco en el acto de pedir perdón.

Por último está la tzedaká, que tiene sus orígenes en la palabra hebrea tzedek, justicia. Definida habitualmente como caridad, es más bien un acto de justicia social. En este sentido, me gustaría enfocarme en un segundo aspecto de esta festividad.

En una sociedad acostumbrada a celebrar el año nuevo el 31 de diciembre, y en la que el contador apenas sobrepasa los dos milenios, cabe preguntarse: ¿por qué las comunidades judías celebramos 5783 años, y lo hacemos en septiembre?

De acuerdo a nuestros sabios, Rosh Hashaná no marca -contrario a la creencia popular- el aniversario de la creación del mundo. En el año nuevo judío recordamos el sexto día de la historia del Génesis: la creación del hombre y la mujer. Quizás por eso su traducción literal del hebreo -”cabeza del año”- tiene poco que ver con lo nuevo, y mucho con aquello que nos diferencia del resto de la creación.

Lejos de reducir esta fecha a una celebración antropocéntrica, se trata de una invitación a reflexionar sobre el lugar y la misión de los seres humanos en esta tierra. A pensarnos en términos de nuestro vínculo con aquello y aquellos que nos rodean, como sociedad, pero también como especie.

Y aquí entra en juego un último concepto que completa, a mi entender, algunos de los valores fundamentales de esta festividad: el mandato judío de tikkun olam, que nos llama a “reparar el mundo”.

Es imposible hablar de tzedaká sin mencionar el concepto de tikkun olam. Este último nos dice que venimos a la tierra con el deber no solo de cuidar, sino de mejorar el lugar en que vivimos. Y la tzedaká es una parte fundamental de esa reparación. La ayuda al prójimo no es una mera transacción económica. Es un acto consciente que implica pensar en las necesidades del otro, atender lo urgente y, en su forma más elevada, brindarle las herramientas para que, en el futuro, ya no necesite de tzedaká.

Con sus diferencias y similitudes, estos cuatro conceptos forman la base del carácter reflexivo y profundamente espiritual de esta festividad, y de los diez días que la proceden hasta el Día del Perdón o Iom Kipur. La tradición nos interpela, instándonos a considerar nuestro vínculo con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

Porque más allá del acto material que resulta en cada caso -el rezo, el pedir perdón, la ayuda- el aprendizaje central radica en la noción misma del otro. La conciencia absoluta de que no somos islas, y que nuestra espiritualidad no será plena si no contempla también aquella de quienes nos rodean.

Aprendemos, entonces, que el año nuevo es una oportunidad no solo de balance individual sino colectivo, de poner el foco en aquello y aquellos que lo necesitan, y trabajar juntos para construir una sociedad más justa.  Shana Tova Umetuká, ¡por un año bueno y dulce!

*Para Clarín

**Claudio Epelman es Director ejecutivo del Congreso Judío Latinoamericano.

Te puede interesar